ANÁLISIS DE LA CRISIS ECOLÓGICA

DESDE LA TEOLOGÍA Y SU IMPLICACIÓN EN LA PRAXIS ECLESIAL

Crítica al Antropocentrismo Teológico y Propuesta de una Ética Eclesial del Cuidado Creacional

Por Wilfredo Benavides C.

La presente investigación analiza críticamente la comprensión antropocéntrica del relato bíblico de la creación y su contribución a la actual crisis ecológica planetaria. A través de un análisis exegético, teológico y pastoral, se examina cómo una interpretación distorsionada del mandato de dominio en Génesis 1:26-28 ha legitimado modelos de explotación irracional de los recursos naturales, generando cambio climático, pérdida de biodiversidad y degradación ecosistémica.

El estudio se estructura en tres momentos: primero, se expone desde la teología de la creación la responsabilidad en el funcionamiento de la ecología, analizando filológicamente los términos hebreos radah y kabash; segundo, se profundiza en los efectos del desorden creacional mediante un análisis histórico de desastres ambientales, patrones de consumo endosomático y exosomático, y la comprensión del pecado ecológico; tercero, se propone una praxis eclesial del cuidado ecológico fundamentada en una cristología cósmica de la redención.

Los hallazgos revelan que el antropocentrismo bíblico, correctamente interpretado, no autoriza la explotación sino que establece una mayordomía responsable ante Dios. La crisis ecológica constituye una expresión visible del pecado como ruptura de la relación tripartita entre Dios, humanidad y creación. El artículo concluye proponiendo una comprensión teo-antropocéntrica que integra biocentrismo y antropocentrismo bajo la soberanía divina, y sugiere acciones concretas para la comunidad eclesial en materia de educación ambiental, conversión ecológica y testimonio profético.

Palabras clave: crisis ecológica, antropocentrismo bíblico, teología de la creación, pecado ecológico, mayordomía, praxis eclesial, ética ambiental cristiana

1. Introducción

La crisis ecológica contemporánea representa uno de los desafíos más apremiantes que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. El cambio climático, la extinción masiva de especies, el efecto invernadero, la deforestación acelerada y la contaminación sistémica de ecosistemas configuran un panorama de degradación ambiental sin precedentes históricos. Frente a esta realidad, surge una pregunta teológica fundamental: ¿por qué ocurre esto si Dios creó todo perfecto? Más específicamente, ¿ha contribuido el antropocentrismo bíblico sobre la creación de la Tierra al desastre ecológico y ambiental que enfrentamos en la actualidad?

Esta interrogante no es meramente académica sino profundamente existencial y pastoral. Diversos críticos del cristianismo, desde Lynn White Jr. en su influyente artículo de 1967 hasta pensadores contemporáneos, han responsabilizado a la tradición judeocristiana de fomentar una visión de dominio ilimitado sobre la naturaleza que habría legitimado su explotación irracional. Según esta tesis, la doctrina de la imago Dei y el mandato de someter la tierra habrían generado una cosmovisión antropocéntrica que privilegia al ser humano por encima de toda la creación, autorizándolo a disponer de los recursos naturales sin consideración ética ni límites ecológicos.

Sin embargo, una lectura más rigurosa de los textos bíblicos y una comprensión teológica más profunda del mandato creacional revelan una narrativa radicalmente distinta. El presente estudio se propone examinar críticamente esta acusación y ofrecer una alternativa teológica que, lejos de ser cómplice de la crisis ecológica, provea fundamentos sólidos para una ética eclesial del cuidado de la creación.

1.1 Planteamiento del problema

El problema central que aborda esta investigación puede formularse así: ¿Es el antropocentrismo bíblico, tal como se expresa en el relato de la creación del Génesis, responsable de la crisis ecológica contemporánea? ¿O se trata, más bien, de una distorsión hermenéutica de ese mandato, producto del pecado humano y de estructuras socioeconómicas alejadas de la voluntad divina?

Esta pregunta se desdobla en varias interrogantes específicas: ¿Qué significa realmente el mandato de dominio en Génesis 1:26-28 según el análisis filológico de los términos hebreos originales? ¿Cómo ha sido interpretado históricamente este mandato por la tradición cristiana? ¿De qué manera los patrones de consumo contemporáneos y las estructuras económicas globales se relacionan con la comprensión teológica de la relación humanidad-naturaleza? ¿Qué papel juega el concepto de pecado en la degradación ambiental? Y finalmente, ¿qué praxis eclesial concreta puede derivarse de una teología de la creación bíblicamente fundamentada?

1.2 Objetivos de la investigación

El objetivo general de este estudio es determinar si la comprensión antropocéntrica bíblica del cristianismo contribuye a los desastres ecológicos y medioambientales actuales, o si, por el contrario, ofrece recursos teológicos para una ética del cuidado creacional.

Los objetivos específicos son tres: primero, exponer desde la teología de la creación la responsabilidad en el funcionamiento y organización de la ecología, mediante análisis exegético de los textos clave; segundo, exponer los efectos y el desorden en la creación de Dios, analizando tanto desastres ambientales históricos como patrones contemporáneos de degradación ecológica desde la categoría teológica del pecado; y tercero, proponer una praxis eclesial sobre la trascendencia del cuidado de la ecología, articulando teología y práctica pastoral.

1.3 Relevancia y justificación

La relevancia de esta investigación es triple. En primer lugar, posee relevancia teológica: la crisis ecológica demanda que la comunidad de fe examine críticamente sus fundamentos doctrinales y su comprensión de la relación entre Dios, humanidad y creación. Una teología que no responda a los desafíos del presente es una teología irrelevante. En segundo lugar, tiene relevancia pastoral: las iglesias locales necesitan orientación bíblica y teológica clara para desarrollar ministerios ecológicos coherentes con el evangelio. En tercer lugar, posee relevancia contextual: América Latina, y particularmente países como Bolivia, enfrentan de manera aguda la tensión entre extractivismo económico y protección ambiental, lo cual requiere una voz profética desde la fe cristiana.

1.4 Metodología

La metodología empleada es cualitativa y hermenéutica, integrando tres momentos complementarios. Primero, se aplica el método histórico-gramatical al análisis de los textos bíblicos pertinentes (Génesis 1-3; Salmo 24; Job 38-41; Romanos 8; Colosenses 1), prestando especial atención al contexto literario, el vocabulario hebreo y griego original, y la recepción histórica de estos pasajes. Segundo, se emplea la teología sistemática como marco integrador que articula los hallazgos exegéticos en categorías doctrinales coherentes: creación, pecado, redención y escatología. Tercero, se aplica la teología práctica o pastoral para derivar implicaciones concretas para la praxis eclesial contemporánea.

Las fuentes primarias incluyen los textos bíblicos en hebreo y griego, documentos patrísticos, magisteriales y confesionales relevantes. Las fuentes secundarias comprenden monografías académicas de teología bíblica, ética cristiana y ecoteología, artículos en revistas especializadas, y documentos de organismos ecuménicos como el Consejo Mundial de Iglesias y la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas.

2. Capítulo 1: La Teología de la Creación y la Responsabilidad Ecológica

2.1 La creación y ecología desde la perspectiva teológica

La Biblia afirma de manera inequívoca que Dios es el creador de todo el universo, lo cual anula categóricamente la posición panteísta que identifica al universo con Dios mismo. La declaración bíblica es clara: Dios es el primero, es quien habla, lo hizo todo, lo hizo perfecto. Esta afirmación de la soberanía creadora de Dios constituye el fundamento sobre el cual se construye toda reflexión teológica acerca de la ecología.

El concepto moderno de ecología, definido como la rama de la biología que estudia las relaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con su entorno, encuentra su antecedente teológico en el relato bíblico de la creación. Ernest Haeckel, biólogo alemán, creó en 1866 la palabra ecología, derivándola del griego oikos (casa), para designar el estudio de la interrelación de todos los sistemas vivos y no vivos entre sí y con su medio ambiente. Desde la perspectiva teológica, podemos afirmar que Dios, en su acto creador, no solo origina la existencia de los elementos bióticos y abióticos, sino que también establece las relaciones ecológicas que los vinculan.

Los seis días de la creación, tal como se narran en Génesis 1, expresan una relación armoniosa entre el Creador y su creación. Dios como Creador y toda la naturaleza —tanto cósmica como terrenal— compuesta por seres vivos y elementos abióticos, configuran un sistema ordenado. De este sistema surge el ser humano, creado por Dios de la tierra misma y puesto como administrador con el mandato de someter y dominar. La teología modela así la comprensión actual de la ecología como una relación del ser humano con su entorno natural, no en un rol de dominador arbitrario sino de administrador responsable de la naturaleza cósmica y terrenal.

John Piper destaca que en Génesis 1 se describe no solamente el hecho de una creación ordenada por Dios, sino también su respuesta a su creación. Son cinco las veces que Dios contempla su obra y la aprueba: el texto dice repetidamente: Y vio Dios que era bueno. Y cuando todo fue terminado, cuando el hombre y la mujer fueron creados a su imagen, la Biblia declara: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Esta aprobación divina de su propia obra creadora establece el valor intrínseco de la creación, independientemente de su utilidad para el ser humano.

2.2 Análisis filológico del antropocentrismo en la teología de la creación

La narración de la creación en Génesis 1 muestra a Dios complaciente y gozoso en cada ámbito de lo que iba creando. El análisis se centra especialmente en los versículos 26-29, donde Dios otorga al ser humano la atribución de dominar o señorear sobre todo lo que hay sobre la tierra. El análisis de la palabra dominio resulta fundamental para determinar el grado y la naturaleza del antropocentrismo bíblico, y su correcta comprensión respecto de los bienes otorgados por Dios.

Desde el punto de vista estrictamente filológico, la idea de dominio y, sobre todo, de dominio absoluto no aparece con la claridad que a menudo se le atribuye en los textos originales. El verbo utilizado en hebreo es, en su forma infinitiva, lirdot (raíz rdh), que significa gobernar, con el sentido de poder supremo, que puede llegar a significar esclavizar. Sin embargo, lirdot también puede connotar estar al mando de o comandar.

Rebeca Obligado, en su análisis filológico, propone tres campos semánticos para este verbo: primero, tread (pisar, hollar), que correspondería con la semántica de dominio absoluto; segundo, rule (gobernar); y tercero, scrape out (arrebañar, rebañar). Este último sentido es particularmente revelador: según el Diccionario de la Real Academia Española, rebañar significa juntar y recoger algo, sin dejar nada, como el pastor que recoge su rebaño para resguardarlo por la noche. Esta imagen pastoral del cuidado responsable contrasta radicalmente con la noción de explotación destructiva.

En esta perspectiva, Dios otorga al ser humano la capacidad de dominar, entendiendo esta como cuidado responsable. Génesis 2:15 lo confirma: Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara. Aparece aquí la palabra cuidado, que implica sostenibilidad. En síntesis, el ser humano es administrador, función emanada y ordenada por Dios en una relación íntima entre Dios y el ser humano. Se trata de un antropocentrismo ligado a la voluntad de Dios y no a la libre disposición del ser humano de hacer lo que quiera con los bienes que se le han dado a cuidar.

2.3 La ecología y el cuidado de la tierra en el Antiguo Testamento

Siendo el pecado el factor de alejamiento entre Dios y el ser humano, la naturaleza también sufre esta ruptura. Por ello, en el Antiguo Testamento se desarrollan múltiples normas y prácticas orientadas al cuidado del medio ambiente, de manera que los recursos naturales no sean explotados de forma irracional.

En Génesis 1 encontramos la responsabilidad del cuidado de los sistemas ecológicos diseñados y creados por Dios. La administración de todos estos recursos puestos por Dios es dada al ser humano, quien es su imagen. Esta postura, cuando es interpretada desde una concepción antropocéntrica distorsionada, deviene en generadora de desequilibrios en toda la creación divina. A esto podemos llamarlo crisis ecológica y pecado. El afán del ser humano por satisfacer sus necesidades, su ego y el deseo de concentrar riqueza contribuyen a la catástrofe ecológica, debido al uso irracional y la sobreexplotación de los recursos naturales.

El pecado del ser humano rompe el privilegio que Dios le otorgó y determina otros caminos para él, separado de la presencia del Creador. El ser humano sufre las consecuencias de esta ruptura: se vuelve un explotador de los recursos naturales y se degradan las relaciones humanas entre pares, hasta tal punto que la humanidad estaba totalmente corrompida. Dios no tuvo otro remedio que destruirla con un diluvio, manteniendo solo a la familia de Noé a salvo, y estableció un nuevo pacto.

Génesis 9:9-10 registra este pacto universal: He aquí que yo establezco mi pacto con vosotros y con vuestros descendientes después de vosotros; y con todo ser viviente que está con vosotros: aves, animales y toda bestia de la tierra que está con vosotros, desde todos los que salieron del arca hasta todo animal de la tierra. Es un pacto que involucra a toda la creación, no solo a la humanidad, sino a todo lo que Dios ha creado. A partir del versículo 1 del capítulo 9 de Génesis, después del diluvio, Dios bendijo a Noé y a su familia, y les dio las mismas atribuciones que había otorgado a Adán al principio respecto a la creación.

Como parte de esta disposición, el pueblo fue organizándose y actuando conforme a dichas normas. Existen regulaciones para el aprovechamiento de la tierra cultivable. Levítico 25:3-4 establece: Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra, ni podarás tu viña. El reposo de la tierra es parte de la cultura judía como una forma de controlar la sobreexplotación de este recurso vital.

También se regula el cuidado de los animales. Éxodo 23:5, 11-12 prescribe: Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, le ayudarás a levantarlo. Mas el séptimo año la dejarás libre, para que coman los pobres de tu pueblo; y de lo que quedare comerán las bestias del campo; así harás con tu viña y con tu olivar. Reposarás, para que descanse tu buey y tu asno. El cuidado de los animales es una responsabilidad humana ordenada por Dios.

Respecto a los árboles, Deuteronomio 20:19 advierte: Cuando sities a alguna ciudad, peleando contra ella muchos días para tomarla, no destruirás sus árboles metiendo hacha en ellos, porque de ellos podrás comer; y no los talarás, porque el árbol del campo no es hombre para venir contra ti en el sitio. La naturaleza expresada en la vegetación es un aspecto importante para la vida que debe ser cuidado.

Más adelante, los profetas (Isaías, Jonás, Joel) resaltan la naturaleza junto a la misericordia y la justicia. Sin embargo, el ser humano, al orientar el desarrollo de una forma materialista y codiciosa, ha ido generando daños e impactos que resienten al planeta, del cual todas las especies, incluida la humana, son víctimas.

2.4 La Iglesia y la protección del medio ambiente

La Iglesia históricamente ha estado ausente en la protección del medio ambiente y la ecología, aunque el mandato bíblico contiene numerosas referencias sobre el cuidado de los sistemas ecológicos. En el Nuevo Testamento se afirma que todo fue creado por medio de Cristo: Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir (Juan 1:3). Asimismo, Colosenses 1:20 explica que la redención alcanza a toda la creación. Por tanto, ha sido, es y será siempre responsabilidad de la Iglesia desarrollar acciones en favor de la protección del medio ambiente y de las relaciones ecológicas entre los sistemas naturales y los construidos.

Los primeros cristianos priorizaban la predicación del evangelio. Pablo, en Romanos 8:18-22, hace referencia explícita a que la ecología, el nuevo hombre, el nuevo cuerpo y la nueva creación son actos de redención. No solo el ser humano es redimido, sino toda la creación de Dios: Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Con la institucionalización de la iglesia bajo Constantino en el siglo IV, la iglesia recibió concesiones expresadas en bienes como templos y tierras, que eran explotados para su beneficio. Esta tendencia creció con las cruzadas, que significaron conquistas de territorio, pagos impositivos y otras indulgencias. La conquista de América también significó, por parte de los conquistadores y la iglesia, la explotación de los recursos naturales y el saqueo de riquezas como oro y plata.

Un precursor notable del siglo XIII fue San Francisco de Asís, quien consideraba la pobreza y la relación con la naturaleza como una hermandad. Posteriormente, esto llegó a constituirse en una corriente dentro de la Iglesia Católica que consideraba el ministerio de los pobres y el cuidado ecológico. Según esta tradición franciscana, la benevolencia es el signo divino que asoma naturalmente en los seres humanos, y tiene su raíz en el origen y la finalidad teológica del cosmos: todas las criaturas son de Dios y hermanas nuestras. Cada criatura porta el rastro y la significación de Dios.

En el mundo del protestantismo, este tema no se ha explorado de manera intencionada sino hasta tiempos recientes. Se han abierto espacios de reflexión teológica al respecto, pero como parte del ministerio de la iglesia o del quehacer teológico, es un área que se está explorando con avances lentos. La Convención de Accra de la Alianza Mundial de las Iglesias Reformadas, realizada en 1989, emitió pronunciamientos que constituyen un referente sobre la economía y la protección del medio ambiente. Sucesivamente se han reunido para tratar estos temas.

2.4.1 Cristología del cuidado del medio ambiente

Hemos visto en la historia bíblica a un Dios Creador, pero también debemos reconocer a un Dios Salvador en Cristo Jesús. Frecuentemente se limita la redención provocada por el sacrificio de Cristo en la cruz a la salvación humana. Sin embargo, este acontecimiento también se extiende a todo lo que fue afectado por el pecado, incluyendo la naturaleza, la cual ha sido modificada hasta el punto de que la supervivencia de los ecosistemas en su sistema original, tal como Dios lo estableció, se ha vuelto insostenible.

La crisis ecológica y medioambiental son expresiones del pecado, de un accionar del mundo expresado en patrones de consumo que exigen niveles altos de consumo exosomático. Solo un corazón redimido puede generar conductas éticas en el cuidado del medio ambiente.

Colosenses 1:20 declara: Y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. De manera clara y concisa, el apóstol Pablo entiende que Jesús era el redentor no solo de la humanidad, sino de todo lo que Dios creó.

3. Capítulo 2: Efectos y Desorden de la Naturaleza – Creación de Dios

La historia de la creación nos muestra acontecimientos muy significativos que expresan la soberanía de Dios y la delegación para la administración de la creación al ser humano. Esta relación armoniosa entre Dios, el ser humano y la naturaleza se rompe por la codicia del ser humano de querer ser igual que Dios, lo que le conduce a desobedecer. Dicha acción genera la ruptura de la relación de Dios con sus seres creados. A partir de ello cambia, se invierte la relación entre Dios y el ser humano; la causa fue el pecado.

A consecuencia de ello, Dios dispone lo que iba a suceder con el ser humano y la naturaleza, según Génesis 3:17: Y al hombre dijo: por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: no comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Esta maldición de la tierra por causa del pecado humano inaugura una nueva etapa en la historia creacional caracterizada por el sufrimiento ecológico.

En ese marco se concibe una brutal acción del ser humano frente a la naturaleza de manera irracional, llegando a explotarla. También se profundiza el proceso de nihilización, llegando a desconocer la presencia y el poder de Dios sobre la naturaleza. Como afirma Bladimir Serrano Pérez, ahora los humanos estamos finalmente solos, frente a un mundo que se ha convertido en un material liviano y flexible en nuestras manos. Más aún, casi no tiene peso y hay tantos vacíos en él de los que podemos agarrarnos para redondearlo. Hay muchos que celebran el festival del superhombre.

Esta realidad del manejo irracional y abusivo del ser humano sobre los recursos naturales es una expresión de que se está alejado del Creador. El presente capítulo profundiza en las manifestaciones concretas de este desorden creacional, analizando desastres ambientales, patrones de consumo y la naturaleza teológica del pecado ecológico.

3.1 Desastres ambientales significativos en la historia

A partir de la ruptura de la relación entre Dios y el ser humano, se van manifestando acciones divinas y humanas relacionadas con desastres ambientales en la tierra. En la historia bíblica se registran varios acontecimientos generados por Dios como respuesta a la maldad de los humanos, utilizando la naturaleza como instrumento de juicio por causa del pecado.

3.1.1 Desastres ambientales en el relato bíblico

Uno de los acontecimientos más significativos es el caso del diluvio en el tiempo de Noé. El pecado era tan grande que Dios castigó con el diluvio a toda la humanidad, destruyéndola por completo, excepto a Noé y su familia, con quienes, después de lo sucedido, hizo un nuevo pacto. La narrativa del diluvio (Génesis 6-9) presenta un juicio ecológico universal: las aguas que sostenían la vida se convierten en instrumento de destrucción. Este acontecimiento bíblico revela que la degradación moral humana tiene consecuencias ecológicas catastróficas.

Otro acontecimiento se da con Sodoma y Gomorra (Génesis 19), donde, por la inmoralidad del ser humano, Dios destruyó las ciudades dejándolas en nada. Solo salvó a la familia de Lot, sobrino de Abraham. Dios se valió de la naturaleza —fuego y azufre— para dejar precedente de que Él castiga la maldad. Estos relatos bíblicos establecen un principio teológico fundamental: existe una conexión indisoluble entre la conducta ética humana y el bienestar o deterioro de la creación.

Las plagas de Egipto (Éxodo 7-12) constituyen otro ejemplo paradigmático. El agua convertida en sangre, las plagas de ranas, mosquitos y moscas, la muerte del ganado, las úlceras, el granizo, las langostas y las tinieblas representan una desestabilización sistemática de los ecosistemas egipcios. Estos juicios divinos se manifiestan mediante la alteración del orden natural, revelando que la naturaleza responde a realidades espirituales y éticas.

3.1.2 Desastres ambientales provocados por la acción humana

Las personas también han provocado desastres naturales por el daño que han causado al medioambiente, por levantar construcciones en zonas inundables, sísmicas o de clima extremo, y también por los patrones de consumo que han generado una sobreexplotación de los recursos naturales para satisfacer sus necesidades. El medio ambiente sufre las consecuencias de las guerras. Cuando se produce una guerra o un conflicto armado, las víctimas se suelen contabilizar en términos de soldados y civiles muertos y heridos y de ciudades destruidas, pero el medio ambiente es siempre una víctima más a la que no se le presta tanta atención.

A lo largo de la historia, las guerras han contaminado fuentes de agua, quemado cosechas, talado bosques, envenenado el suelo y matado al ganado con vistas a obtener una ventaja militar frente al enemigo de forma recurrente. En tiempos de guerra, el medio ambiente suele sufrir una rápida degradación, ya que la población trata de sobrevivir como puede y los sistemas de gestión del entorno suelen verse afectados, con los consiguientes daños para los ecosistemas.

Durante la Guerra de Vietnam (1955-1975), el ejército estadounidense empleó más de 72 millones de litros de herbicidas, incluyendo el infame Agente Naranja, para defoliar los bosques y destruir cultivos. Las consecuencias ecológicas de esta guerra química persisten hasta hoy: contaminación del suelo con dioxinas, malformaciones congénitas, destrucción de biodiversidad y alteración irreversible de ecosistemas tropicales. Este caso ilustra cómo la tecnología militar puede convertirse en un instrumento de ecocidio.

La quema de pozos petroleros en Kuwait durante la Guerra del Golfo (1991) constituyó otro desastre ambiental de origen bélico. Las fuerzas iraquíes incendiaron más de 600 pozos petroleros al retirarse, generando una contaminación atmosférica masiva, lluvia ácida, daño a ecosistemas marinos del Golfo Pérsico y efectos sobre la salud humana que persisten décadas después.

Más allá de los contextos bélicos, la industrialización descontrolada ha generado desastres ambientales de magnitud sin precedentes. El accidente nuclear de Chernóbil (1986) liberó material radiactivo equivalente a 400 bombas de Hiroshima, contaminando vastas extensiones de Europa Oriental y dejando una zona de exclusión de 2600 kilómetros cuadrados inhabitable por milenios. El desastre de Fukushima (2011) replicó esta tragedia en Japón, evidenciando que incluso las tecnologías consideradas seguras pueden fallar catastróficamente.

El derrame de petróleo de la plataforma Deepwater Horizon en el Golfo de México (2010) vertió 4.9 millones de barriles de crudo al océano, afectando ecosistemas marinos, aves, mamíferos marinos, industrias pesqueras y comunidades costeras. La mancha de petróleo cubrió un área de 149,000 kilómetros cuadrados. Este desastre reveló los riesgos ecológicos de la explotación petrolera en aguas profundas y la incapacidad de las corporaciones para responder adecuadamente a emergencias ambientales.

3.1.3 El cambio climático como crisis ecológica global

Para continuar avanzando en esta exposición, es necesario precisar conceptualmente los términos medio ambiente y ecología. El primero se refiere a todos los sistemas, sean estos construidos o naturales, que existen en el ambiente. En cambio, la ecología se refiere a los sistemas naturales y la relación entre ellos. En ese marco expondremos la situación del medio ambiente y la crisis ecológica contemporánea.

El cambio climático ya es una realidad innegable. La temperatura media global de la superficie terrestre ha aumentado casi un grado centígrado desde mitades del siglo pasado a causa del exceso de gases de efecto invernadero, lo que está perjudicando tanto a nuestros ecosistemas como a nuestros modos de vida. La pérdida de masas de hielo en los polos, la subida del nivel del mar y, en general, el calentamiento de la atmósfera y de los océanos de nuestro planeta son señales de que estamos en una crisis ecológica y medioambiental casi irreversible.

La ciencia ha sido muy clara: si desde ahora hasta finales de siglo permitimos que la temperatura media de la Tierra aumente más de un grado y medio por encima de los niveles preindustriales, prácticamente todos los sistemas ecológicos se verán comprometidos. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) ha documentado exhaustivamente las consecuencias de este calentamiento: eventos climáticos extremos más frecuentes e intensos, sequías prolongadas, inundaciones devastadoras, huracanes de mayor potencia, pérdida acelerada de biodiversidad, acidificación oceánica, colapso de arrecifes de coral, desplazamiento de poblaciones humanas por inhabitabilidad de regiones enteras, y crisis alimentarias globales.

El calentamiento afectará principalmente a los países más empobrecidos y con menos responsabilidad histórica en las emisiones de gases de efecto invernadero, pero los países industrializados también sufrirán los impactos. En España, por ejemplo, ya se experimenta una pérdida masiva de biodiversidad y de litoral marino, además de desertificación, incendios y aumento en la intensidad y en la frecuencia de las olas de calor y de frío. En América Latina, los glaciares andinos que proveen agua a millones de personas están desapareciendo rápidamente. Bolivia ha perdido más del 40% de sus glaciares en las últimas décadas, comprometiendo el suministro de agua para La Paz y El Alto.

Según datos actualizados de Climate Action Tracker, las proyecciones del crecimiento del calentamiento global para el próximo siglo son alarmantes y motivo de profunda preocupación para la continuidad de la vida y las generaciones futuras. Si los países no actúan de manera decidida, el calentamiento podría alcanzar los 4.5 grados centígrados para el año 2100. Siguiendo las políticas actuales, el calentamiento se proyecta en 3.5 grados. Basándose en los actuales compromisos del Acuerdo de París, el mundo todavía tendría temperaturas más altas por encima de los 2.9 grados cuando llegue el final de este siglo.

Esta situación es extremadamente preocupante para la calidad de vida de las generaciones futuras. Un aumento de 3 a 4 grados centígrados significaría: colapso de la agricultura en vastas regiones del planeta, extinción masiva de especies, desaparición de ciudades costeras por la subida del nivel del mar, crisis de refugiados climáticos sin precedentes, guerras por recursos hídricos, y un sufrimiento humano incalculable. Desde una perspectiva teológica, permitir que esto ocurra constituye un pecado de omisión de proporciones catastróficas.

3.2 Consumo exosomático y endosomático: factores de degradación

El ser humano siempre ha buscado formas de satisfacer sus necesidades, lo cual es justo para tener una calidad de vida digna. Por otro lado, también el ser humano ha buscado constantemente formas de apropiarse de los recursos naturales y explotarlos para satisfacer sus patrones de vida. El consumo endosomático comprende lo que las personas requieren para vivir biológicamente, mientras que el consumo exosomático abarca consumos que en la actualidad se han vuelto necesarios para la rutina de la vida, aunque no necesariamente son factores que afectan directamente la supervivencia biológica.

3.2.1 El modelo de economía lineal y sus consecuencias

Los patrones de consumo de las personas están conduciendo a déficit de recursos, y este hecho está causando daños al medio ambiente. El modelo de economía en la sociedad actual ha sido lineal y se basa en la extracción de materias primas, manufactura y producción, distribución y compra y, por último, desecho. Este modelo asume implícitamente que los recursos naturales son infinitos y que los ecosistemas pueden absorber indefinidamente los residuos generados por la actividad humana. Ambos supuestos son falsos.

El consumo de energía endosomática no ha variado significativamente; la especie humana ha seguido pautas de alimentación similares y no ha evolucionado biológicamente en este aspecto. El consumo de energía endosomática representa solo una parte pequeña del total de energía que necesitamos para mantener nuestro estilo de vida contemporáneo. El consumo de energía endosomática es un aspecto interno determinado por la biología humana: es lo que requiere cada organismo para su mantenimiento y desarrollo de sus actividades (crecer, reparar los tejidos del cuerpo, reproducirse, realizar actividad física).

Por otro lado, la energía exosomática o energía externa es la que utilizamos para muchas actividades. Es generada fuera del cuerpo humano y la usamos para nuestra vida diaria: la leña que quemamos, por ejemplo, es energía externa o exosomática. La vida del ser humano actual no depende solamente de la energía endosomática (necesaria para el metabolismo), sino también de la exosomática, que es la que proporciona iluminación, calefacción, refrigeración, suministro de agua, transporte, industria, comunicaciones, entretenimiento, etc.

El consumo de esta energía exosomática ha aumentado considerablemente en las sociedades modernas hasta hacerse diez veces e incluso, en algunas sociedades más avanzadas como la norteamericana, cien veces superior a la energía endosomática. Además, la energía exosomática, al contrario de la endosomática, no tiene límites biológicos y tiende a aumentarse a sí misma en una espiral de consumo creciente.

3.2.2 La huella ecológica y el sobregiro planetario

El concepto de huella ecológica, desarrollado por Mathis Wackernagel y William Rees, mide la cantidad de tierra y agua biológicamente productivas que una persona, población o actividad requiere para producir los recursos que consume y absorber los desechos que genera, utilizando la tecnología y las prácticas de gestión de recursos prevalecientes. Desde 1970, la humanidad ha estado en sobregiro ecológico: consumimos más recursos de los que el planeta puede regenerar en un año.

Según la Global Footprint Network, actualmente se necesitarían 1.75 planetas Tierra para sostener de manera sostenible el nivel actual de consumo de recursos y generación de residuos. Si toda la humanidad viviera como el estadounidense promedio, se necesitarían 5 planetas Tierra. Este sobregiro ecológico se manifiesta en: deforestación, agotamiento de pesquerías, erosión del suelo, pérdida de biodiversidad, acumulación de CO2 en la atmósfera, y degradación general de los ecosistemas.

El consumo endosomático y exosomático han generado inestabilidad tanto en términos poblacionales como energéticos, lo cual nos ha llevado a problemas demográficos, de abastecimiento alimentario, de contaminación y de erosión. La ciencia ha desarrollado varias alternativas para que pueda implementarse un equilibrio entre los procesos productivos, la protección del medio ambiente y el crecimiento económico. Se busca implementar tecnología sostenible para poder satisfacer los consumos en términos de la preservación de la vida humana.

3.2.3 La dimensión ética del consumo

El incremento de la energía exosomática está ligado a los recursos no renovables, lo que significa que en algún momento estos no existirán. Esto nos obliga necesariamente a buscar estrategias o tecnologías alternativas que minimicen los riesgos ambientales. Sin embargo, más allá de las soluciones tecnológicas, existe una dimensión ética fundamental que debe ser abordada desde la teología.

Los consumos endosomáticos y exosomáticos están supeditados a los patrones de consumo de las personas, los cuales crecen de manera impresionante. Esta tendencia obliga a los desarrolladores de tecnología a buscar satisfactores cada vez más complejos. Cuanto mayor es la exigencia de suplir estos requerimientos, mayor es también el riesgo de enfrentar desastres ecológicos y ambientales, lo cual se vuelve prácticamente inevitable.

Desde una perspectiva teológica, debemos cuestionar radicalmente la lógica del consumismo. El consumismo no es simplemente un fenómeno económico; es una idolatría. Cuando el consumo se convierte en el organizador central de la identidad humana, cuando la felicidad se mide por la acumulación de bienes materiales, cuando la realización personal se busca a través de la compra de productos, entonces hemos reemplazado a Dios por los ídolos del mercado.

El teólogo John Stott identifica tres preocupaciones fundamentales relacionadas con el deterioro ambiental: la demografía, el agotamiento de los recursos y la tecnología incontrolable. La población mundial continúa creciendo aceleradamente. En el año 1800, la población de la tierra era de alrededor de mil millones de personas. En el año 1900, esta se había duplicado a dos mil millones. El crecimiento se aceleró de manera impresionante: en 1990 se tenía 5,300 millones; en 2015, 7,300 millones; se proyecta para 2030, 8,500 millones; para 2050, 9,700 millones; y para 2100, 11,200 millones.

Esta explosión demográfica, combinada con patrones de consumo insostenibles especialmente en los países más industrializados, está forzando los límites planetarios. El problema no es simplemente el número de personas, sino el modelo de vida que promueve el consumo ilimitado. Una familia estadounidense promedio consume recursos equivalentes a 32 familias kenianas. La cuestión demográfica no puede separarse de la cuestión de la justicia distributiva global.

3.3 La degradación del medio ambiente y la ecología: expresión del pecado

Algunos autores, desde una postura crítica al cristianismo, responsabilizan a la teología bíblica de la crisis ambiental y ecológica que enfrenta actualmente el mundo. Lynn White Jr., en su influyente artículo de 1967 publicado en la revista Science, argumenta que el cristianismo habría adoptado del judaísmo la visión lineal de la historia frente a la idea griega del tiempo cíclico. El pensamiento bíblico acerca de una historia que tuvo un inicio (punto alfa) y se va desarrollando hasta que sobrevenga el final (punto omega) habría sido el más adecuado para dar lugar a la creencia en el progreso creciente y sin límites.

Según esta tesis crítica, el cristianismo sería la religión del crecimiento exponencial. La actual tragedia ecológica hundiría sus raíces en esta arrogancia cristiana de suponer el señorío ilimitado del hombre, en base al mandato divino de crecer y dominar la tierra. Tales convicciones religiosas habrían dado lugar a la ética calvinista del rendimiento y a la moral productivista y consumista de nuestro tiempo, que sería la principal responsable de la destrucción medioambiental. De ahí que muchos científicos y pensadores de Occidente no confíen ya en los argumentos del cristianismo y prefieran las visiones de la naturaleza que proporciona la religiosidad oriental.

3.3.1 Respuesta teológica a la crítica de Lynn White

Esta crítica, aunque parcialmente válida en cuanto señala distorsiones históricas del mensaje bíblico, yerra al responsabilizar al cristianismo en sí mismo de la crisis ecológica. Lo que White identifica no es el cristianismo auténtico sino el cristianismo deformado por la modernidad capitalista y el antropocentrismo ilustrado. Una lectura cuidadosa de las Escrituras y de la tradición teológica revela recursos abundantes para una ética ecológica responsable.

El problema no radica en la doctrina de la creación ex nihilo ni en el mandato de dominio correctamente entendido, sino en la interpretación secularizada de estos conceptos que los despoja de su marco teológico original. Cuando el ser humano se concibe como dominador absoluto desvinculado de su responsabilidad ante el Creador, cuando se elimina a Dios de la ecuación dejando solo al ser humano y la naturaleza, entonces el mandato de dominio deviene en licencia para la explotación.

El teólogo Jürgen Moltmann responde a White señalando que la crisis ecológica no es producto del monoteísmo judeocristiano sino del secularismo moderno que separó la naturaleza de Dios. La desacralización de la naturaleza operada por la Ilustración, que pretendió liberarla de todo significado religioso para convertirla en mero objeto de manipulación técnica, es la verdadera raíz del problema. Irónicamente, al eliminar a Dios de la naturaleza para supuestamente protegerla de la explotación religiosa, la modernidad secular la dejó completamente indefensa frente a la explotación económica.

3.3.2 El pecado ecológico como categoría teológica

El pecado, entendido como la separación entre Dios y el ser humano, llega a constituirse en el factor principal de la crisis ecológica y medioambiental que enfrentamos hoy. Es decir, la crisis ecológica es una expresión visible de nuestra separación de Dios. Esto se evidencia en el estilo de vida del ser humano, marcado por el afán de acumular bienes materiales y riqueza, lo que genera patrones de consumo que exigen una explotación irracional y despiadada de los recursos naturales, únicamente para satisfacer deseos egoístas.

A esto se suman las estructuras de poder económico y político que han diseñado todo un sistema orientado a la degradación de la naturaleza. Como señala la teología latinoamericana de la liberación, el pecado ecológico forma parte constitutivamente del pecado del mundo (Juan 1:29): es un pecado social, estructural e histórico. Son esas estructuras sociales, políticas e internacionales de pecado con sus males, injusticias y opresiones, esos mecanismos perversos que dañan la vida y dignidad de la persona, y ahora reconocemos, que dañan también la integridad de la creación.

Leonardo Boff, en su obra Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, articula magistralmente la conexión entre la opresión de los pobres y la destrucción de la naturaleza. Ambas son expresiones del mismo sistema de dominación que desprecia la vida. El grito de la tierra y el grito de los pobres son el mismo grito: el clamor de la creación que sufre bajo el peso del pecado estructural. Una ecología que no se compromete con la justicia social es ecología burguesa; una liberación que no incluye a la creación es antropocentrismo ideológico.

3.3.3 Dimensiones del pecado ecológico

El pecado ecológico puede comprenderse en múltiples dimensiones. Por un lado, la naturaleza puede entenderse como la expresión de un mundo caído por el pecado original, con su consiguiente expresión dualista que separa lo material de lo espiritual. También puede considerarse en relación con lo divino. El pecado original es un estado, mas no la naturaleza del ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. La armonía se perdió por el comportamiento de Adán, Eva y Caín. La perversión del individuo tiene resonancia planetaria.

En esta perspectiva, la relación sociedad-naturaleza es pesimista. Sin embargo, en pactos posteriores, Dios es más enfático sobre el poder del ser humano y su accionar en la Tierra. El pacto noético (Génesis 9) reestablece la responsabilidad humana sobre la creación, pero ahora bajo condiciones post-diluvianas que reconocen la realidad del pecado y establecen límites al ejercicio del poder humano.

Felipe Cárdenas señala que nuestro mundo sufre una crisis global, y este es, quizás, el mayor pecado de la humanidad: la deificación del ser humano. Algunas iglesias han descrito este fenómeno, señalando que nuestra santificación no puede eludir un compromiso social y político. Ya no se trata simplemente de hacer lo que se nos antoje. Una espiritualidad burguesa y acomodada se convierte en cómplice de la destrucción del planeta.

Dios siempre ha exigido del ser humano una sinergia, una cooperación activa con Él, que, a través de esfuerzos constantes, nos permita generar buenas obras. Esto implica renunciar al mundo del poder, del consumo, de la indiferencia, de las pasiones desmedidas, de la insensibilidad, del totalitarismo, de la uniformidad, del egoísmo, de la intriga, de la mentira, de la insolidaridad, de la violencia y de la lógica del dominio sobre la creación de Dios.

3.3.4 El pecado ecológico en contexto latinoamericano

En América Latina, el pecado ecológico adquiere características particulares vinculadas al extractivismo y al colonialismo histórico. La explotación de recursos naturales —minería, petróleo, agroindustria— responde frecuentemente a una lógica neocolonial donde los países del Norte Global extraen riquezas del Sur dejando devastación ambiental y pobreza. Bolivia, por ejemplo, enfrenta la paradoja de poseer inmensas riquezas naturales (litio, gas, minerales) mientras su población sufre pobreza y su territorio experimenta degradación ecológica severa.

La minería en el Cerro Rico de Potosí ha extraído durante siglos plata y estaño, dejando un paisaje lunar, contaminación de aguas con metales pesados, y comunidades con altos índices de enfermedades respiratorias y cáncer. La explotación petrolera en la Amazonía ecuatoriana por parte de Texaco (ahora Chevron) dejó 880,000 barriles de desechos tóxicos vertidos directamente en ríos y suelos, afectando a pueblos indígenas y destruyendo ecosistemas únicos. Estos son ejemplos del pecado ecológico estructural que clama al cielo.

La teología latinoamericana debe articular una respuesta profética que denuncie estas estructuras de pecado ecológico. No basta con exhortar a las personas a reciclar o plantar árboles, aunque estas acciones son importantes. Se requiere una conversión estructural que cuestione el modelo extractivista, que defienda los derechos de los pueblos indígenas sobre sus territorios ancestrales, que promueva alternativas económicas sostenibles, y que exija justicia ecológica tanto a nivel local como global.

4. Capítulo 3: Propuesta de una Praxis Eclesial del Cuidado Ecológico

La reflexión sobre la crisis ecológica desde la teología debe concretarse en acciones claras que comprometan a la Iglesia y a su misión. Esto debe partir de la comprensión del Cristo cósmico como protagonista de la redención y como paradigma de reconciliación entre Dios, la humanidad y toda su creación. Una comprensión del antropocentrismo y del biocentrismo desde la perspectiva de la redención en Cristo Salvador no se limita únicamente a la salvación del ser humano, sino que abarca también a toda la creación de Dios.

4.1 La redención y su implicación en el cuidado del medio ambiente

La redención, en el marco de la reflexión teológica-ecológica, recobra una dimensión completa del relato de la creación y de la ubicación del ser humano en todo ello, asumiendo un rol de cuidado y de responsabilidad dado por Dios. Una teología de la creación que asuma la nueva cosmología subraya la creación como juego de la expresión divina, espejo en el cual Dios mismo se ve. En esta perspectiva, el ser humano no está encima sino dentro de la creación.

El mundo no es fruto del deseo o de la creatividad humana; el mundo no le pertenece al ser humano, sino que pertenece a Dios, su creador. Pero el mundo le es dado como un jardín que debe cultivar y cuidar, por lo que su relación es de responsabilidad y cuidado. El ser humano solo podrá ser humano y realizarse, realizando el mundo e insertándose en él en la forma del trabajo y del cuidado. Al contrario de una inserción destructiva y dominadora, nos encontramos frente a una inserción profundamente ecológica y destinada a mantener el equilibrio de la creación.

Debemos destacar el rol del ser humano frente a la naturaleza, la cual fue dañada y quebrantada por el pecado, pero restaurada por Cristo a través de su redención. Esta imagen redentora nos permite comprender una cosmología de la creación en la que el ser humano es parte de la obra creadora de Dios, pero con un rol específico, al igual que los demás seres creados. Este rol consiste en cuidar y proteger la tierra, como quien sostiene un vaso frágil que debe ser conservado con esmero.

Esta teología de la creación nos ayuda a redefinir el sentido de una teología de la redención. Redención que supone un drama, una caída en la creación y una ruptura en la vocación humana que toca a todos los humanos y a su entorno cósmico. Porque el ser humano no cultivó ni preservó la creación, ella misma se siente herida y gime y clama por la liberación (Romanos 8:22). El ser humano no tiene el poder absoluto sobre la obra de Dios para dañarla en su corazón, pero puede herirla gravemente. La redención reasume la creación, reorienta la flecha del tiempo y sana la herida producida.

4.2 Comprensión biocéntrica y antropocéntrica del quehacer ecoteológico

Podemos ver dos perspectivas sobre la comprensión biocéntrica y antropocéntrica, por un lado la teológica y por otra la ecológica. Desde la ecología se ve claramente que el ser humano es considerado un componente más del ecosistema, un ser más que se relaciona con los otros seres, tanto elementos bióticos como abióticos. Por tanto, esta perspectiva es más biocéntrica, pero también denota un peligro, porque la racionalidad del ser humano fue capaz de alterar estas relaciones.

Desde la teología podemos ver dos aspectos: una posición formal y otra más propositiva en el cuidado del medio ambiente. Como se mencionó anteriormente, Lynn White sostuvo que el cristianismo es la religión más antropocéntrica que el mundo ha conocido, especialmente en su forma occidental. El cristianismo, en contraste absoluto con el paganismo antiguo y las religiones asiáticas, no solo estableció un dualismo entre el ser humano y la naturaleza, sino que también insistió en que era la voluntad de Dios que el ser humano explotara la naturaleza para su propio beneficio.

Sin embargo, proponemos una posición teo-antropocéntrica sobre la relación con toda la creación de Dios. Partiendo de este precepto cristiano, solo la persona que esté ligada a Dios puede ser capaz de tener conductas éticas en el cuidado del medio ambiente. Esto es posible desde una comprensión de un Cristo cósmico que hace evidente esta relación con la muerte en la cruz, reconciliando a Dios con la humanidad y su creación. Desde la teología, estos dos paradigmas —el antropocentrismo y el biocentrismo ecológicos— se complementan si se reconoce la dependencia de Dios en esta relación.

4.3 Acciones concretas de cuidado del medio ambiente en la misión de la Iglesia

La concepción del evangelio no debe limitarse a la presentación oral del evangelio, sino a la implicación que esto significa: un proceso de liberación del pecado y reconciliación con Dios y con toda su creación. Esto implica que el redimido debe mostrar acciones de una nueva vida en Cristo, que también alcance al cuidado y protección del medio ambiente, como un resultado pleno de la llenura del Espíritu Santo.

De manera que la propuesta evangelizadora pueda generar la formación de conciencia de la responsabilidad en el cuidado de la creación como misión esencial de la Iglesia. En ese marco, la iglesia debe plantear acciones que mitiguen y protejan el medio ambiente. Esto tiene que ver con tres dimensiones fundamentales.

4.3.1 Conversión personal y transformación del corazón

La primera dimensión tiene que ver con la Palabra: la transformación, una conversión radical desde lo profundo de nuestro ser, un cambio que solo puede ser operado por el Espíritu Santo, que busca modificar nuestros patrones de consumo. Solo una conversión genuina puede incidir en ello. Esta conversión ecológica implica reconocer que hemos pecado contra la creación, arrepentirnos de nuestras prácticas destructivas, y comprometernos a vivir de manera diferente.

La espiritualidad ecológica cristiana no es un añadido opcional a la fe sino una dimensión integral de la vida en Cristo. Contemplar la creación como obra de Dios, dar gracias por ella, cuidarla como mayordomos responsables, y anticipar su redención escatológica constituyen aspectos esenciales del discipulado cristiano. Las disciplinas espirituales —oración, ayuno, estudio bíblico, adoración— deben integrar la dimensión ecológica.

4.3.2 Vida comunitaria y testimonio eclesial

La segunda dimensión tiene que ver con la vivencia en comunidad. Debemos pensar en el prójimo y la naturaleza como parte de nuestro relacionamiento, reconociendo que ambos coexisten en el rol que Dios nos ha asignado. La iglesia como comunidad de fe debe modelar alternativas al estilo de vida consumista dominante.

Las congregaciones pueden implementar prácticas concretas: sistemas de reciclaje y compostaje en los templos, auditorías energéticas para reducir el consumo eléctrico, instalación de paneles solares, huertos comunitarios que practiquen agricultura orgánica, celebración de un Tiempo de la Creación litúrgico, campañas de reforestación, limpieza de ríos y espacios públicos, y promoción del transporte compartido o público para asistir a los cultos.

La práctica del Sabbat, del reposo semanal, del año sabático y del jubileo ofrece un marco teológico para resistir la lógica del consumo sin límites. Las comunidades que practican el descanso sabático no como obligación legal sino como confesión de fe —reconociendo que la tierra es de Dios y no un recurso perpetuamente explotable— ofrecen una alternativa profética al orden económico dominante.

4.3.3 Profecía y transformación estructural

La tercera dimensión se relaciona con la firmeza de la iglesia y la claridad en el mensaje de redención. Debemos comprender una cristología de reconciliación de Dios con todo lo creado, y esto debe expresarse en acciones claras de la iglesia en el cuidado del medio ambiente, incluyendo la denuncia profética de las estructuras de pecado ecológico.

La dimensión profética de la ética ecológica cristiana demanda que las comunidades de fe asuman una voz crítica frente a las estructuras económicas y políticas que destrozan el tejido creacional. Las iglesias están llamadas a participar en el debate público sobre políticas ambientales, a denunciar proféticamente la idolatría del capital, y a ofrecer alternativas comunitarias concretas. Este testimonio profético no es sectarismo sino vocación. La Iglesia, como comunidad del reino de Dios, anticipa en su vida colectiva el orden del Shalom que Dios promete para toda la creación.

En el campo de la educación cristiana, se debe transversalizar el tema del medio ambiente y la ecología en la formación cristiana de todas las edades. La escuela dominical, los grupos de jóvenes, los estudios bíblicos y los seminarios teológicos deben incorporar la ecoteología como dimensión fundamental de la formación. Las nuevas generaciones de líderes cristianos deben estar equipadas para abordar los desafíos ecológicos desde una perspectiva bíblica sólida.

La pastoral de la iglesia también debe asumir una consejería a la familia orientada al cuidado de la vida, el medio ambiente y la ecología. Las decisiones familiares sobre consumo, transporte, alimentación, uso de energía, manejo de residuos y estilo de vida tienen implicaciones ecológicas significativas. La iglesia puede acompañar a las familias en la reflexión y transformación de estos aspectos prácticos de la vida cotidiana.

5. Conclusiones y Recomendaciones

5.1 Conclusiones

El presente estudio nos permite llegar a las siguientes conclusiones fundamentales acerca de la relación entre la teología de la creación, el antropocentrismo bíblico y la crisis ecológica contemporánea:

Primera conclusión: Dios es el soberano creador de todo cuanto existe; Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Bajo este marco se concibe toda la creación como obra suya, dotada de propósito, orden y valor intrínseco. Esta afirmación implica reconocer que todo lo creado —desde los seres humanos hasta los ecosistemas más pequeños— existe bajo la soberanía divina y debe ser tratado con reverencia. No se trata solo de una creencia teológica, sino de una postura ética que desafía la instrumentalización de la naturaleza y exige una actitud de respeto, gratitud y cuidado.

Segunda conclusión: El antropocentrismo bíblico, según Génesis 1:26-28, no debe entenderse desde una perspectiva egocéntrica que autoriza al ser humano a disponer irracionalmente de los bienes de la creación, sino como una vocación de mayordomía, basada en la rendición de cuentas ante Dios y el cuidado responsable del medio ambiente. El análisis filológico de los términos hebreos radah (gobernar) y kabash (someter), junto con abad (cultivar) y shamar (guardar) revela que el dominio sobre la creación implica servicio, responsabilidad y sostenibilidad, no abuso ni destrucción. La imagen de Dios en el ser humano no le otorga el derecho de explotar la Tierra a su antojo, sino que lo llama a reflejar el carácter justo, amoroso y cuidador de su Creador.

Tercera conclusión: La transgresión humana ha provocado un desequilibrio y el quebrantamiento de la relación entre el ser humano, la naturaleza y Dios, rompiendo así la relación ecoteológica y profundizando un antropocentrismo excluyente de lo divino. El pecado no solo deterioró la comunión espiritual con Dios, sino también la armonía con la Tierra. Esta ruptura ha traído consecuencias tangibles como la degradación ambiental, la pérdida de biodiversidad y la explotación de los recursos naturales. El alejamiento del proyecto original de Dios ha generado un modelo de vida centrado en el individualismo, el consumo y la indiferencia ante el sufrimiento de la creación.

Cuarta conclusión: Una de las principales causas de la actual crisis ecológica y del deterioro de la casa común es la forma distorsionada del antropocentrismo, manifestada en los patrones de consumo exosomático insostenibles. El modelo de economía lineal basado en extracción-producción-consumo-desecho, combinado con el crecimiento exponencial del consumo de energía exosomática, ha generado un sobregiro ecológico planetario. Actualmente se necesitarían 1.75 planetas Tierra para sostener de manera sostenible el nivel actual de consumo. Esta situación revela no solo un problema técnico sino un pecado estructural que requiere conversión personal y transformación sistémica.

Quinta conclusión: Los desastres ambientales tanto naturales como provocados por la acción humana —desde los relatos bíblicos del diluvio y Sodoma hasta las guerras contemporáneas, accidentes nucleares, derrames petroleros y el cambio climático— revelan la conexión indisoluble entre la conducta ética humana y el bienestar o deterioro de la creación. El cambio climático representa la crisis ecológica más apremiante, con proyecciones de calentamiento global que amenazan la viabilidad de los ecosistemas y la supervivencia de las generaciones futuras. Esta realidad constituye un llamado urgente a la acción eclesial.

Sexta conclusión: La degradación del medio ambiente y la ecología constituye una expresión visible del pecado como ruptura de la relación tripartita entre Dios, humanidad y creación. El pecado ecológico es simultáneamente personal, social y estructural. Incluye tanto las decisiones individuales de consumo como las estructuras económicas y políticas que sistematizan la explotación de la naturaleza y la opresión de los pobres. El grito de la tierra y el grito de los pobres son el mismo grito, como articula Leonardo Boff. Una ecología sin justicia social es ecología burguesa; una liberación sin creación es antropocentrismo ideológico.

Séptima conclusión: La redención obrada por Cristo no se limita únicamente a la salvación del ser humano, sino que abarca la reconciliación entre Dios y toda su creación. Colosenses 1:20 afirma que por medio de Cristo, Dios reconcilia consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo. La obra redentora de Cristo tiene un alcance cósmico, restaurando el vínculo roto por el pecado y abriendo camino a una nueva creación en la que habite la justicia. Esta esperanza escatológica no es evasiva ni meramente futura, sino que impulsa un compromiso presente con la restauración del medio ambiente.

Octava conclusión: Se requiere una comprensión teo-antropocéntrica que integre biocentrismo y antropocentrismo bajo la soberanía divina. Solo la persona ligada a Dios mediante la fe en Cristo puede generar conductas verdaderamente éticas en el cuidado del medio ambiente, porque solo un corazón redimido puede trascender el egoísmo consumista. Esta posición evita tanto el antropocentrismo arrogante que explota la naturaleza como el biocentrismo panteísta que diviniza la naturaleza, reconociendo que el ser humano es parte de la creación pero con una responsabilidad única de mayordomía ante Dios.

5.2 Recomendaciones

A partir de las conclusiones anteriores, se proponen las siguientes recomendaciones para la praxis eclesial:

5.2.1 Fomentar una teología ecológica integral

Es fundamental promover en las comunidades de fe una teología que reconozca a Dios como el soberano creador y afirme que toda la creación tiene valor intrínseco, no solo utilitario. Esta teología debe integrar la relación entre Dios, el ser humano y la naturaleza, y fortalecer la comprensión de la Tierra como parte del plan divino. De esta manera, se recupera una visión bíblica que invita a la reverencia, al respeto y al cuidado del mundo creado.

Los seminarios teológicos, institutos bíblicos y programas de educación teológica deben incorporar cursos de ecoteología como parte del currículo obligatorio. Los futuros pastores, misioneros y líderes cristianos necesitan formación sólida en teología de la creación, ética ambiental y praxis ecológica para poder guiar a sus congregaciones en estos temas.

5.2.2 Promover la educación ambiental con fundamento bíblico

Es necesario desarrollar espacios formativos en iglesias, centros educativos cristianos y grupos comunitarios donde se aborde el cuidado del medio ambiente desde las Escrituras. Esto ayudará a corregir interpretaciones erróneas del mandato de dominio sobre la creación y a formar ciudadanos responsables, conscientes del llamado a ser buenos administradores de los recursos naturales que Dios nos ha confiado.

Se recomienda elaborar materiales educativos contextualizados: manuales de educación ecológica cristiana, estudios bíblicos sobre la creación, recursos para escuela dominical, guías para grupos de jóvenes, y materiales multimedia que hagan accesible la ecoteología a diferentes audiencias. Estos materiales deben estar disponibles tanto en formato impreso como digital.

5.2.3 Impulsar prácticas de consumo responsables

Ante la crisis ecológica causada por los patrones de consumo excesivo y descontrolado, se recomienda fomentar estilos de vida más sencillos y sustentables, inspirados en la ética cristiana. Esto incluye hábitos como el reciclaje, el uso responsable del agua y la energía, la reducción del desperdicio alimentario, el apoyo a economías solidarias que respetan el medio ambiente y la dignidad humana, y la preferencia por productos locales y de comercio justo.

Las familias cristianas pueden adoptar prácticas concretas: calculadora de huella ecológica familiar, transición hacia dietas basadas en plantas que reducen la huella de carbono, minimización de uso de plásticos desechables, compostaje doméstico, transporte sostenible (bicicleta, transporte público, vehículos compartidos), y consumo consciente que cuestiona la necesidad de cada compra.

5.2.4 Fortalecer la espiritualidad ecológica

Es importante cultivar una espiritualidad que reconozca la presencia de Dios en la creación, que invite a la contemplación, la gratitud y el compromiso ético con la Tierra. La oración, la liturgia y los tiempos devocionales pueden ser espacios propicios para profundizar en el vínculo sagrado entre la fe y el mundo natural, lo cual refuerza una vivencia cristiana comprometida con la vida en todas sus formas.

Se recomienda: incorporar lecturas de la creación en los cultos dominicales, celebrar un Tiempo de la Creación anual (septiembre-octubre), realizar retiros espirituales en contacto con la naturaleza, incluir oraciones de intercesión por la creación, y desarrollar liturgias que expresen arrepentimiento por el daño ecológico y compromiso con el cuidado creacional.

5.2.5 Incorporar el cuidado de la creación en la misión pastoral y social de la Iglesia

Las iglesias deben integrar el tema ecológico como una dimensión transversal de su labor pastoral, educativa, evangelizadora y social. Esto implica incluir el cuidado ambiental en predicaciones, actividades con jóvenes y niños, acciones de servicio comunitario y propuestas de transformación social, reconociendo que la defensa de la casa común es parte del testimonio cristiano.

Ministerios ecológicos específicos pueden desarrollarse: comisiones de mayordomía de la creación en las congregaciones, voluntariados para proyectos ambientales comunitarios, asociaciones con organizaciones ambientalistas locales, programas de agricultura urbana y seguridad alimentaria, y proyectos de energías renovables en instalaciones eclesiales.

5.2.6 Fomentar espacios de diálogo entre teología, ciencia y políticas públicas

Para afrontar los desafíos ecológicos de manera efectiva, se recomienda generar puentes de diálogo entre el pensamiento teológico, el conocimiento científico y la formulación de políticas públicas. Las iglesias pueden ser actores relevantes en la construcción de consensos, campañas de sensibilización y acciones conjuntas que promuevan el desarrollo sostenible y la justicia ecológica desde una perspectiva de fe.

Las denominaciones cristianas pueden: participar en coaliciones ecuménicas por el clima, involucrarse en consultas públicas sobre políticas ambientales, presentar declaraciones teológicas sobre crisis climática, ejercer presión moral sobre corporaciones y gobiernos, y apoyar litigios estratégicos por justicia ambiental.

5.2.7 Desarrollar profecía ecológica y denuncia de estructuras de pecado

La Iglesia está llamada a ejercer un rol profético denunciando las estructuras económicas y políticas que sistematizan la destrucción ambiental y la opresión de los pobres. En el contexto latinoamericano, esto implica cuestionar el modelo extractivista, defender los derechos territoriales de pueblos indígenas, resistir proyectos megamineros y petroleros destructivos, y promover alternativas económicas basadas en el buen vivir y la sustentabilidad.

Esta profecía debe expresarse en: declaraciones públicas, acompañamiento a comunidades afectadas por conflictos socioambientales, participación en movimientos sociales por justicia climática, y disposición al martirio ecológico cuando sea necesario. Los casos de líderes ambientalistas cristianos asesinados por defender la creación deben ser reconocidos y honrados como testimonios martirologicos.

5.2.8 Cultivar la esperanza escatológica como motivación para el cuidado

La teología cristiana aporta un recurso motivacional único: la esperanza escatológica de la renovación de toda la creación. Esta esperanza no justifica la pasividad sino que motiva el cuidado presente. Cuidamos la tierra porque tiene destino eterno, porque forma parte del proyecto de redención que Dios tiene para su cosmos. Esta visión libera la ética ecológica de la desesperanza paralizante y del activismo voluntarista.

Las predicaciones, estudios bíblicos y materiales educativos deben conectar la ecología con la escatología cristiana, mostrando que el cielo nuevo y la tierra nueva de Apocalipsis 21-22 representan la creación presente redimida y glorificada, no un cosmos alternativo. Anticipamos en nuestro cuidado presente la realidad futura que Dios promete.

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