Por: Dra. Claudia R. Dávila Soliz

Hace unos días, me tocó dar una clase sobre mortalidad y sus indicadores a mis estudiantes de medicina. No era un tema fácil, pero sí necesario. Como médico epidemiólogo y docente, sé que tarde o temprano tendrán que enfrentarse a la muerte, no solo como concepto, no solo como un indicador, sino como experiencia real.
Quise comenzar la clase con una pregunta sencilla: ¿qué es la muerte para ustedes?
Las respuestas fueron llegando una tras otra. Algunos hablaron de la pérdida de un ser querido, otros del vacío que queda, otros de ese momento en que el corazón deja de latir. Escuchaba y asentía: eran respuestas esperables, incluso maduras.
Pero entonces, alguien dijo algo distinto: —“Para mí, la muerte es un escape”. La clase continuó… pero yo ya no estaba del todo ahí.
Terminé de explicar, resolvimos dudas, cerramos el tema. Sin embargo, al salir del aula, me quedé con esa frase dando vueltas en la cabeza. No como una idea aislada, sino como un síntoma.
¿Cómo puede ser que un joven, en una universidad, estudiando una carrera que da salud y promueve la vida, llegue a ver la muerte como una salida? ¿En qué momento la esperanza dejó de ser parte del horizonte y empezó a diluirse en medio de la exigencia académica, las presiones personales o la incertidumbre del futuro?
Como señalan estudios en educación médica y espiritualidad, hablar de la muerte con estudiantes no solo transmite conocimiento, sino que revela sus propias búsquedas, miedos y esperanzas más profundas. Y ese día, en mi clase, no solo enseñé sobre mortalidad: también fui confrontada con una realidad.
La tradición cristiana nunca ha negado el peso de la muerte. Jesús mismo lloró. Pero tampoco la presenta como escape ni como final definitivo. En el centro de nuestra fe está una afirmación que desafía toda lógica humana: la muerte ha sido vencida.
«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Corintios 15:55).
En estos días de Semana Santa, esa verdad adquiere una fuerza especial. Porque la Pascua no es solo recuerdo: es respuesta. Frente a una cultura que a veces normaliza el cansancio, el vacío o la huida, el cristianismo propone algo profundamente distinto: la vida tiene sentido, incluso en el dolor.
Y quizás ahí está nuestro desafío como docentes y como creyentes: no solo formar buenos profesionales, sino acompañar el sentido de lo que viven. Porque cuando el sentido se pierde, cualquier salida —incluso la muerte— puede parecer válida.
También percibo esto en otra inquietud frecuente en los jóvenes: la preocupación por el futuro del planeta. Muchos viven con una sensación de deterioro inevitable, como si todo caminara hacia un final sin retorno. Esta “desesperanza ecológica” no es menor: afecta su manera de proyectarse, de comprometerse, de creer.
Pero la fe vuelve a ofrecer una clave distinta: «La creación entera gime con dolores de parto»(Romanos 8:22). No son dolores de muerte, sino de vida que está por nacer.
Hablar de resurrección es también hablar de restauración. De un mundo que no está condenado al abandono, sino llamado a ser cuidado, transformado y renovado.
Esa fue, al final, la verdadera lección que me llevé de aquella clase.
Yo enseñé sobre mortalidad….pero fueron mis estudiantes quienes me recordaron la urgencia de hablar de esperanza.
Tal vez esta Semana Santa sea una oportunidad para eso: para volver a decir, con convicción, que nuestra fe no gira en torno a la muerte, sino a la vida que renace. Y que, incluso cuando alguien ve en la muerte un escape, nosotros estamos llamados —con paciencia, con cercanía, con testimonio— a mostrar que siempre hay un camino mejor: La esperanza.
